
Tú crees que estoy mirando a través de la ventana. Otra vez perdida en mi mundo, dices. Pero no sabes lo equivocado que estás, ni siquiera imaginas que realmente estoy mirando tu reflejo, a mi espalda, en el cristal. Te observo desenfocado mientras tecleas rápidamente en el ordenador, resoplando porque tienes que hacer papeleo en tu fin de semana. Me río recordándote que tu fin de semana siempre dura cuatro días.
Resoplas más alto y te levantas, perdiéndote de mi vista y obligándome a que por primera vez me fije en las calles. No hay nadie, es un mediodía de domingo helado y solitario.
Oigo tu voz a lo lejos, me dices que tengo todas mis cosas esparcidas por el baño. Bueno, puede que en eso tengas razón – aunque exageres –, puede que al salir de la ducha se me hayan olvidado un par de cosas por allí, como el peine y mi spray para desenredar. Es mi turno de resoplar y de murmurar bajito que eres un quejica.
Me acerco hacia el baño para recoger mi ordenado caos, pero antes de que pueda hacer nada, me abrazas por la espalda, colocando tus manos sobre mis muñecas, como si acabaras de esposarme. Veo nuestro reflejo sobre el espejo del baño y me estremezco.
- Si quieres, puedes dejar tus cosas aquí para cuando vuelvas, así no tienes que traerlas siempre. - Me susurras flojito, apoyando tus labios sobre el lóbulo de mi oreja. Y me estremezco más.
- ¿Quién te ha dicho que voy a volver? - Te susurro de vuelta y me río.
Me miras mal, en broma, pero luego sonríes y haces que me de la vuelta. Me pierdo en tus l.a.b.i.o.s.
Y no dices nada más, porque yo no he cogido mis cosas y allí se quedan, esperando a que nos volvamos a ver.
[que me e.n.c.a.n.t.a.s]