
Odio los Domingos. Sí, definitivamente los odio.
¿Es que nadie va a hacer callar al madito reloj? ¿Nadie va a detener el tiempo, aunque solo sea un ratito más? Seguro que crees que estoy exagerando, pero casi me siento como una condenada con la soga al cuello. No te rías, ya te he dicho que quizás exageraba. Pero te aseguro que la opresión que se va formando en mi pecho cada vez que pasan los minutos es muy real.
No quiero que te vayas, no quiero tener que esperar hasta el Jueves para volver a verte, aunque tú me intentes animar diciéndome que hablamos cada día. No es lo mismo, no me despertarás por las mañanas haciéndome cosquillas, ni sonreiré por el mero hecho de que tú sonríes.
Es que simplemente no puedo explicar con palabras lo que siento cuando sé que me estás mirando, aunque yo no te vea. Y me giro y sí, me miras. Podemos estar cada uno en una punta de la sala, rodeados de gente, pero si clavas tu mirada en la mía con esa intensidad, se me olvida todo. Simplemente tú me hechizas y lo demás se difumina.
Y me das el último beso hasta que nos volvamos a ver, ese que tiene un gusto un tanto agridulce. Y bebo de el con ansia, porque vas a m.a.t.a.r.m.e de sed hasta el próximo.
[y ya me ves, haciendo una cuenta atrás con las horas.]